Paz y Justicia para Siria

Almudena Bernabeu

El pasado 29 de diciembre, apenas días después de la caída de la ciudad de Aleppo, bastión rebelde y resistente indiscutible del conflicto armado en Siria, Rusia y Turquía anunciaron, como representantes de los bandos opuestos y originarios del conflicto, un alto el fuego con el fin de “reducir la violencia, evitar la muerte de civiles y garantizar el acceso sin obstáculos de ayuda humanitaria”.

El acuerdo de cese cubre tres áreas. Primero, prevé un cese de hostilidades, que comenzó el día 30 de diciembre de 2016, y que incluye por un lado a las tropas pro-gubernamentales (ejercito, inteligencia y fuerzas de seguridad), y por otro a los grupos rebeldes, que conforman el Ejército Libre de Siria (ELS) y el Alto Comité de Negociaciones. No obstante, el acuerdo excluye a grupos considerados terroristas como el Estado Islámico, y dada la fragmentación dentro de la facción rebelde, hay dudas sobre la inclusión en el acuerdo de otros grupos como Jabhat Fateh al-Sham (el antiguo Frente al-Nusra), asociado con al-Qaeda, o las Unidades de Protección Popular Kurdas (YPG).

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La segunda parte de acuerdo cubre el compromiso de los países garantes, Rusia y Turquía, de establecer mecanismos de supervisión del cese de hostilidades. Entre ellos la creación de una comisión conjunta encargada de tareas tales como supervisar las reclamaciones, establecer puntos de control en áreas residenciales, o la imposición de sanciones a las partes que no cumplan con las condiciones del alto el fuego.

La tercera parte del acuerdo, más ambiciosa en su génesis –absolutamente necesaria para lograr una verdadera paz en Siria–, prevé que, consolidado el alto el fuego, se inicie un periodo de conversaciones para la apertura de un diálogo político entre ambas partes y un proceso de transición. Así, el Gobierno del presidente Bashar al-Assad se ha comprometido a nombrar una delegación que empezará a trabajar con los representantes de la oposición al régimen la próxima semana en la ciudad de Astana, en la República de Kazakhstan, con la participación de Naciones Unidas.

Que el anuncio del alto el fuego es algo bueno y genera esperanza, es indudable. El Consejo de Seguridad de la ONU rápidamente adoptó una nueva Resolución, la 2336 (2016) el 31 de diciembre de 2016, en la que anuncia su apoyo explícito a los esfuerzos de apertura del proceso político y lo define como una “parte importante del proceso político liderado por Siria y un gran paso adelante para la reanudación de las negociaciones bajo los auspicios de las Naciones Unidas el 8 febrero de 2017”.

Sin embargo, lamentablemente, ni el compromiso político de diálogo, ni la creación de una comisión de esta naturaleza son nuevos. Tampoco lo es el respaldo inefectivo de NU. Ya en 2015, la Resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas 2254 (2015) llamaba a la necesidad de iniciar un proceso político transicional en Siria guiado por los deseos de los ciudadanos para poner fin al conflicto; y preveía i) crear una comisión que garantice la paz y la estabilidad política, ii) redactar una nueva constitución y iii) declarar elecciones libres. Los ciudadanos sirios han reclamado además de manera constante un objetivo adicional, iv) asegurar verdad y justicia para las víctimas aunque esto no parece ser tan relevante.

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Lo cierto es que hoy, cinco años después de que comenzara la violencia indiscriminada y sistemática contra la población civil Siria; cinco años después de que miles de sirios de todos los rincones del país hayan sido detenidos, torturados, hacinados y ejecutados en los centros de detención controlados por las fuerzas de seguridad, inteligencia y el ejercito de Bashar al-Assad y cinco años después de que las principales ciudades hayan sido asediadas y bombardeadas sin tregua y cientos de miles de sirios se hayan visto forzados al exilio en una suerte de éxodo permanente hacia Turquía y hacia una Europa que como consecuencia, ha afinado su estructural xenofobia y odio por los inmigrantes, cuesta mantener la esperanza. Pero sobre todo cuesta combatir el escepticismo y el desasosiego con el que el pueblo sirio se enfrenta a una negociación que atenta con incluir como parte legitima al presidente Bashar al-Assad y a su Estado.

La situación política en Siria es muy frágil. Hay multitud de actores en el conflicto que no son parte del acuerdo, lo que no solo refleja la fragmentación existente entre los grupos contrarios al régimen de al-Assad sino que además hace más vulnerable el alto el fuego. Aunque Turquía ha anunciado hoy día 23 de enero como el inicio de las negociaciones, en los últimos días llegan noticias de enfrentamientos entre las partes, y grupos rebeldes han anunciado que han congelado sus actividades de preparación para las negociaciones a consecuencia de ataques gubernamentales contrarios a los términos del acuerdo.

En mi opinión, si el proceso de negociación de Astana que comienza hoy no se inicia paralelamente con un proceso transicional que incluya condiciones mínimas de verdad y justicia, no tendrá éxito. No se puede hacer borrón y cuenta nueva en aras de la paz o esta no se sostendrá. El presidente Bashar al-Assad no puede ser líder institucional y parte legítima de este diálogo y negociación. Y aun si eso es inevitable, es necesario que se decrete una medida legal urgente destinada a liberar a los miles de civiles que desde marzo de 2011 permanecen en los centros de detención sirios, para que este proceso se inicie con una aspiración honesta de verdad y justicia que pasa por reconocer que, para acallar una posible Primavera Árabe en el país, la administración del presidente Bashar al-Assad, como consecuencia de ese deseo perverso de mantener el poder, en conjunción con los principales representantes de las fuerzas armadas y de los servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad, retorcieron el brazo del Estado para convertirlo en un Estado criminal. Un Estado que ha hecho uso de todas sus instituciones –y ha creado nuevas– con el fin de reprimir, acallar, intimidar, y finalmente aniquilar a su ciudadanía.

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En Siria no habrá paz definitiva sin justicia. A pesar de lo vivido y aprendido durante los conflictos del siglo XX, el hoy conflicto interno en Siria, que nuca debió ser, nos abrumó y paralizó. La irresponsabilidad política internacional, una vez más, ha dejado todo el trabajo en manos de las víctimas. Aunque la paz la traerá una decisión política, no la garantizará sino un trabajo arduo para obtener justicia que vendrá liderado por las víctimas y la sociedad civil siria e internacional.

Hay miles de refugiados sirios en Turquía, Europa, Canadá y América, cientos de ellos son supervivientes de los centros de detención o han perdido a sus familiares en alguno de ellos víctimas de la tortura, la enfermedad y el hambre. Otros muchos huyeron de los bombardeos y de los asedios. En julio de 2013, un fotógrafo de la policía, al que se le ordenó fotografiar y registrar así los cadáveres mutilados y torturados de hombres y niños sirios, realizó copias de seguridad que fue sacando del país. Hoy se encuentra protegido fuera de Siria. Su nombre sigue oculto por miedo a las represalias y se le conoce como ‘César’. El testimonio de la brutal represión que este archivo fotográfico representa no puede ignorarse. A diferencia de lo que muchos prefieren creer, ese archivo no revela detalles de un conflicto armado, ni de una guerra civil. Ese archivo revela la metódica y despiadada arrogancia del poder cuando este no se quiere perder y se hace todo lo posible desde el estado para mantenerlo, a cualquier precio, incluso destruyendo a tu propios ciudadanos.

El equilibrio entre paz y justicia es delicado en cualquier situación de conflicto y post -conflicto, pero el proceso de negociación que se inaugura en Astana no puede pasar por alto los terribles crímenes internacionales cometidos por el estado sirio desde 2011 y a los cientos de miles de víctimas directas e indirectas que ha producido. Será necesario encontrar mecanismos de justicia transicional y trasnacional para que pese a la realidad de los enfrentamientos en el país y el progresivo cambio de paradigmas a nivel internacional, la paz en Siria se consolide, la justicia se garantice y las víctimas recobren su voz.

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