Cuatro reflexiones a propósito de Kigali y los HFCs

Teresa Ribera

Kigali ha sido testigo de un gran paso en la lucha contra el cambio climático. En la madrugada del sábado 15 de octubre se ha adoptado una enmienda al Protocolo de Montreal a la Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono. Reclamada desde hace años por grupos ecologistas y un buen número de países, en los últimos meses se ha convertida en una de las prioridades diplomáticas del fin del periodo Obama. Con su adopción se pretende la eliminación de determinados gases de “vida corta” –los HFCs– que, sin embargo, presentan una tendencia de uso al alza poco deseable. Esta decisión es considerada por muchos como la medida individual más relevante de todas las tomadas hasta la fecha en materia de cambio climático.

Técnicamente, la enmienda acordada incorpora el compromiso de los firmantes de prohibir y retirar de la circulación de forma gradual la familia de gases hidrofluorocarburos –HFCs–, refrigerantes de uso común en neveras y aires acondicionados y con un elevado potencial de calentamiento. Con ello se permite no sólo ayudar a la recuperación de la capa de ozono sino también a evitar la emisión a la atmósfera de alrededor de 70 mil millones de toneladas de CO2 equivalente entre 2020 y 2050. Una cantidad que equivale a las emisiones de 500 millones de vehículos y se equipara al incremento de medio grado centígrado en la temperatura media del Planeta.

antonio_lopez_thyssen_7-640x640x80La noticia ha sido recibida con gran satisfacción y confirma el buen momento en el que estamos de cara a acelerar la acción en materia de clima. Cuatro reflexiones se imponen en este momento.

La primera de ellas es que este acuerdo, de nuevo, confirma la utilidad de la apuesta multilateral. En temas globales, cada cual deberá hacer con arreglo a su capacidad, pero compartir los riesgos y desafíos del cambio e impulsar la acción coordinada representan las mejores herramientas para alcanzar el éxito y favorecer la confianza de la sociedad en la voluntad de cambio de las instituciones.

La segunda idea que es importante destacar es que en este ámbito, como ya se avanzara en París, el mundo confirma el fin de un entendimiento binario –pobres/ricos o industrializados/en desarrollo- propio del siglo pasado. La enmienda adoptada en Kigali organiza el calendario de acción en torno a bloques de distintos países, combinando capacidad y desarrollo social de una manera más acorde con la realidad actual. No cabe la menor duda de que la clasificación es discutible, y la aceptación de una aplicación retardada en países como India o los países del Golfo será criticada por muchos pero, en último término, permite un cambio significativo del que cabe esperar resultados antes de lo que marca el calendario oficial.

La tercera cuestión reseñable es que esta decisión es la primera en la nueva etapa en la acción climática: se acabó la época en la que pretendíamos resolver el cambio climático a través de un único instrumento internacional. El Acuerdo de París se ha convertido en una pieza central de un nuevo régimen, en el que todos los actores en todos los ámbitos de acción han de introducir la variable climática para desplegar su potencial contribución. Así lo hacen los países en el contexto de la protección de la capa de ozono, así viene de atestiguarlo la aviación civil y sus reguladores en el marco de la OACI y de este mismo modo iremos viendo ganar espacio y coherencia en otros muchos foros regionales e internacionales, sectoriales, integrados por actores públicos o privados.

Finalmente, conviene no olvidar que uno de los elementos que ha permitido el éxito de Kigali ha sido la existencia de iniciativas de sustitución de los gases HFCs suficientemente avanzadas como para confiar en un rápido despliegue de alternativas técnicas e industriales. Este es un factor clarísimo de éxito, la decisión de Kigali acelerará el proceso e incrementará las expectativas de negocio de quienes dedicaron su esfuerzo y sus recursos a buscar alternativas a un problema mayúsculo. La cooperación en innovación y desarrollo tecnológico resultan críticos en este proceso de cambio, pero no bastan por si solos. La existencia de marcos adecuados de acogida, con regulaciones congruentes con la finalidad perseguida constituye un factor crítico para el éxito de su despliegue. ¿Acaso no existen alternativas técnicas a la generación de electricidad a partir de la quema de carbón? Sí, y sin embargo, la falta de marcos adecuados para su progresiva eliminación –la existencia incluso de subsidios importantes o la elevadísima dependencia de la actividad minera en algunas zonas– complican el paso más importante de los imaginables en materia de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Pero los cambios pueden producirse antes de lo esperado… podemos asistir a la revolución del automóvil y la desaparición del motor de combustión, al abandono brusco de los combustibles fósiles o a la irrupción de soluciones inimaginables a priori gracias al potencial todavía poco explorado del big data y las tecnologías de la información. Todo son buenas noticias a priori, pero cargadas de cambios sociales, culturales, industriales y económicos de gran calado, para los que deberíamos irnos preparando.

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Ilustraciones de Antonio López: 1. Nevera nueva (1991-1994). 2. Madrid hacia el observatorio (1965-1970).

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