Doñana otra vez

Teresa Ribera

Los activistas de Greenpeace han logrado, una vez más, parar una actividad que consideran peligrosa para el medio ambiente y, sobre todo, hacer visible para la sociedad un problema complejo sobre el que es importante debatir. En esta ocasión, el objeto de protección es especialmente simbólico: Doñana. Se suman así a la campaña internacional emprendida por WWF “Salvemos Doñana”, con enorme repercusión más allá de nuestras fronteras.

Doñana tiene valor histórico y ambiental; es uno de los espacios emblemáticos más importantes de Europa; representa el origen del movimiento ambientalista ilustrado en nuestro país. Y, sin embargo, esto no ha impedido la aparición y permanencia de presiones antropocéntricas que ponen en riesgo la preservación de sus tesoros: freseros y arroceros buscando agua, delirios de –trasnochada- grandeza persiguiendo la entrada de grandes cruceros hasta Sevilla y, más recientemente, Gas Natural buscando yacimientos y emplazamientos geológicos adecuados para almacenar gas.

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Algunas de estas actividades son defendidas por tratarse de usos históricos de la población local. Ocultan que hace mucho sobrepasaron los límites de lo razonable y lo permitido y que no se trata de pequeñas economías de supervivencia sino de grandes negocios de una agroindustria poco respetuosa con el entorno y dispuesta a socializar costes ambientales para mantener su diferencial de beneficios. Se oculta también las dificultades de las autoridades llamadas a velar por el agua –de superficie y subterránea– y por los ecosistemas protegidos para imponer la disciplina ambiental que marca la norma.

Otras, como el famoso –y faraónico, y ¡afortunadamente frustrado!– dragado del Guadalquivir, fueron defendidas con ahínco por algunos que todavía confunden desarrollo con desarrollismo y soñaban con la entrada en Sevilla de fastuosos cruceros de 20 pisos cargados de miles de turistas, dejando un buen peaje en puerto y un incierto impacto beneficioso en la economía local. Aquello fue especialmente estrambótico: el banco Europeo de Inversiones acordó financiar parcialmente el proyecto que, sin embargo, era manifiestamente incompatible con la protección de las márgenes del Guadalquivir y planteaba serias dudas sobre impactos indirectos desde el estuario hasta el centro mismo de Sevilla. Pues bien, ha costado más de 15 años desterrar definitivamente un proyecto que más que beneficio generaba una hipoteca vital para la zona con un elevadísimo coste económico y ambiental. Puesto en contexto, ¡qué contentos estarían los venecianos de haber tenido una segunda oportunidad!

Hay algunas sorprendentes, como la intención de recuperar la actividad minera de Aznalcóllar, olvidando el desastre medioambiental de hace 20 años y obviando las numerosas dudas sobre la viabilidad económica del proyecto en el medio plazo.

Aznalcóllar2 - ecologistas en acción

Ahora se suma Gas Natural. Argumentan que cumplen con su mandato social, la legislación y la política energética vigentes. Tienen razón cuando dicen que hace más de 15 años se hizo una gran apuesta por el gas como combustible fundamental para garantizar el suministro energético en nuestro país. La tienen también cuando indican que, siendo coherentes, conviene explorar –y explotar– nuestros recursos así como garantizar suficiente capacidad de almacenamiento. Sin embargo, hay algunos otros datos no tan conocidos. Por ejemplo: España se tomó tan en serio sus deberes que se ha convertido en la primera potencia en regasificación en Europa, que la sobreinversión y la sobrecontratación nos han dejado con una serie de infraestructuras infrautilizadas –útiles para la transición energética en su primera fase, difícilmente rentables y compatibles con el perfil energético que debe imperar en 20/30 años– a las que pretendemos dar salida convirtiéndonos en un “hub” de gas para el sur de Europa. Son infraestructuras cuyo coste corre a cargo de la tarifa del gas (o la electricidad, en el caso de las infrautilizadas centrales de ciclo combinado). Es verdad que el proyecto de Gas Natural no afecta el espacio del Parque Nacional, sino el del preparque y que cuenta con declaraciones de impacto ambiental que introducen las cautelas para que la actividad sea segura –o mejor dicho, razonablemente segura; el impacto cero no existe y el margen estadísticamente menor de imprevistos sí. No es tan conocido que, en primera instancia, empezaron a tramitar el proyecto “a trozos”, motivo por el cual tardamos un poco en darnos cuenta de que no se trataba de un “pinchazo” sino de un queso gruyere unido por tuberías y que, desde entonces, las dudas sobre su oportunidad no han hecho sino aumentar.

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Pero sobre todo, lo que no se cuenta, lo que no se discute… es qué sentido tiene todo esto puesto en perspectiva de futuro. Una cosa es hablar de los últimos 30 años y otra decidir dónde invertimos colectivamente para los próximos 30. Vivimos una etapa de cambio de paradigma inevitable, todavía con incertidumbres y en fase de aprendizaje pero, ¿es ésta la mejor opción colectiva en un momento de clara e irreversible transición energética? La decisión puede ser conforme a derecho pero si nos sobran gas y CO2 y nos motiva la preservación de nuestros recursos, ¿no ha llegado la hora quizá de cambiar el marco jurídico y cambiar el orden de prelación y valores, siendo mucho más selectivos en nuestro recorrido gasista?, ¿es quizás éste el motivo por el que corre prisa empezar las obras, hacerlo antes de que cambie la norma y la política energética o la ambiental?

Veremos qué hace Gas Natural. No estoy segura de que sea buena idea liderar una compañía cuya actividad sea fuertemente contestada por la sociedad y sus clientes. Nestlé aprendió la lección en una campaña similar sobre el uso de aceite de palma en sus productos y la estrecha relación de esta sustancia con la deforestación a gran escala. Su primera reacción fue una contestación arrogante a Greenpeace, promotora de la campaña. “Fue la peor de las decisiones”, confirma la compañía públicamente. Poco después, Nestlé dio marcha atrás e inició un proceso de aprendizaje y mejora codo con codo con organizaciones sociales y ambientales que va más allá del aceite de palma e incluye otras materias primas básicas relevantes desde el punto de vista del impacto de la cadena global de valor y los efectos del gran consumo sobre la biodiversidad y las poblaciones locales en las zonas de producción.

Más allá del gas, del arroz, el algodón, las fresas y de los cruceros, lo cierto es que Doñana sólo debería tener un recorrido: protección total como el santuario ambiental y arqueológico que es, y un plan de eliminación de presiones antropocénicas acompañado de una propuesta de usos viables, prudentes y compatibles con su preservación. Consigamos desterrar la tragedia de los comunes, empezando en nuestro territorio por la tierra de Doña Ana. Si son comunes, si representan valor, seamos valientes y encontremos otra respuesta colectiva para los espacios emblemáticos y sus habitantes; para que su defensa y preservación sea un modo de vida y una garantía de sostenibilidad en el tiempo. Ha llegado el momento de buscar propuestas de progreso y prosperidad sin hipotecar la riqueza colectiva. Somos capaces y creativos. Deberiamos tomarnos este asunto mucho más en serio: las personas en el centro de nuestras decisiones, los límites ambientales como condición de contorno que en ningún caso deberíamos trampear.

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Cuidadores invisibles, ciudadanía demediada

Pepe Reig Cruañes

Si los sistemas del bienestar nacieron principalmente para corregir la desigual capacidad de las personas para afrontar los riesgos de la vida y las situaciones de necesidad, las políticas de austeridad han venido a recordarnos que frente a la desgracia somos vulnerables, pero unos más que otros. Mucho más. Las actitudes y las propuestas frente a ese tipo de situaciones “marcan” indeleblemente a los partidos con una posición “antropológica” que se encuentra en el fondo de sus discursos.

Cuando se habla de los recortes en Dependencia tendemos a olvidar los concretos dramas que hay detrás de esos recortes y se obvia el dilema entre una sociedad en la que cada cual apechuga con lo suyo o una con redes de solidaridad que protegen y amortiguan. Aunque parezca crudo, eso es lo que está al fondo cuando se revierten las políticas inclusivas que, de acuerdo con la Convención Internacional de Derechos de las personas con discapacidad, tratan justamente de facilitar el ejercicio de la ciudadanía, es decir, algo que va más allá de evitar la discriminación. Cuando se recorta en este campo, no se está equilibrando un presupuesto, se está generando una exclusión.

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La Ley de Dependencia de 2006 abría la puerta a la superación del modelo tradicional exclusivamente asistencial, privado y femenino, para dar paso a un nuevo “derecho al cuidado” que ha ampliado las bases del Estado del Bienestar. Aparte de las prestaciones previstas para la atención a la Dependencia, la Ley puso en marcha el mecanismo por el que la tradicional dedicación al cuidado en el ámbito familiar podía transformarse en una actividad reconocida, retribuida y con cotización a la Seguridad Social y, hasta cierto punto, profesionalizante, de cara a una futura empleabilidad para las personas que la ejercían. Se trataba de los llamados Cuidadores No Profesionales.

Dos líneas de crítica han señalado efectos no deseados de la Ley: la crítica feminista apunta a la reafirmación de la tradicional asignación de roles femeninos, ahora reforzada por la posibilidad de cobrar por lo que ya se venía haciendo. De hecho la proporción de mujeres entre los Cuidadores nunca bajó del 92%.

La crítica social, por su parte, incide en la falta de avances en la creación de redes de asistencia y cuidado públicas, dado que resultó más barato para las administraciones transferir dinero que crear y dotar dichas redes, lo que ha ralentizado aquella deseable expansión del Estado del Bienestar. Un, por ahora, improbable restablecimiento del derecho a la Dependencia debería contemplar esas dos fundadas críticas al modelo de 2006.

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Ambas disfunciones palidecen, no obstante, ante la magnitud del proceso de deconstrucción iniciado por la derecha gobernante que, con la excusa de la crisis y los ajustes, ha procedido a reinstaurar el modelo tradicional y a devolver a las personas con dependencia al ámbito privado y a cierta invisibilidad. También ha vuelto invisible, al menos para el Estado, el trabajo de aquellas personas que deben dedicar su vida, sacrificando otras opciones vitales, al cuidado de algún familiar altamente dependiente.

En el corto recorrido de aplicación de la Ley en su formato original entre 2007 y 2011, el sistema creaba empleo y producía inclusión, que es, o debiera ser, el objeto de las políticas públicas de ciudadanía. Lo cierto es que más allá de mejorar la vida de las personas con problemas de autonomía, demostró que el cuidado y la atención a la dependencia podían generar dinamismo económico y empleo, incluso en una sociedad tan tradicional como la nuestra. Era uno de los famosos “nichos de empleo” del bienestar, que el conservadurismo tiende a ver como lastre para una sociedad competitiva. De hecho algunos estudios señalan que era el único sector que creaba empleo durante la crisis en actividades como los centros residenciales para mayores, los de personas con discapacidad, los centros de día, los servicios de ayuda a domicilio y la teleasistencia. Y, por supuesto, en el ámbito de las prestaciones para la asistencia familiar y no profesional.

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Fuente: Jiménez Lara, A. “Crisis y atención a la Dependencia. 
Efectos sobre el empleo y las familias” en Actas de Dependencia, 
nº 5. Julio 2012. Accesible: 
http://www.fundacioncaser.org/sites/default/files/sumario-n5.pdf

En el sector específico de los Cuidadores No Profesionales las retribuciones previstas en la Ley no fueron nunca muy altas, pero aún se redujeron en un 15% a partir del RD 20/2012 de 13 de julio, de medidas para garantizar la estabilidad presupuestaria y fomento de la competitividad. Ese decreto del recién estrenado gobierno de Rajoy en mayoría absoluta, cambiaba las prioridades desde el título mismo y procedía a “extinguir” las cotizaciones a la Seguridad Social a cargo del Estado, que la Ley de Dependencia había facilitado para las personas que se ocupan en casa de algún familiar. Los convenios especiales suscritos con la Seguridad Social a partir de ese momento corren a cargo del interesado. La abrupta caída de la curva de Altas registradas en la Seguridad Social proclama a voz en grito la vuelta al modelo tradicional.

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Fuente: Elaboración propia con datos de la Seguridad Social.

De lo que a estas alturas no puede caber ninguna duda es de que, deliberadamente o no, se ha abortado tempranamente, y con un coste de imagen despreciable para el gobierno, la consolidación de ese sector emergente que nos hubiera aproximado a las sociedades del Estado del Bienestar. Volvemos pues donde solíamos en este crucial asunto de la dependencia y la autonomía personal. Los retrocesos en la inclusión y la igualdad no incumben sólo al colectivo afectado, sino que cuestionan la ciudadanía común. Pero esa es una “marca antropológica” que el conservadurismo actual luce sin complejos.

Lawence Alma-Tadema

Ilustración: Cuadro de Lawence Alma-Tadema (1872).

Últimas imágenes de la tortura

Jesús García Cívico

La concesión de amparo, estos días, por el Tribunal Constitucional a una joven por una investigación sobre torturas cerrada en falso; la justificación de Jefe de la Guardia Civil en Baleares de las continuas (normalizadas) agresiones a detenidos; el reciente informe del Ministerio Público de la Defensoría de Casación de la Provincia de Buenos Aires sobre malos tratos cometidos por sus fuerzas de seguridad durante los primeros meses de 2016 (2 al día); pero, sobre todo, las constantes denuncias de organismos como Amnistía Internacional sobre la extensión de la tortura en el mundo, permiten afirmar que esa auténtica aberración de nuestros sistemas, esa afrenta a la civilización que es la tortura, es una cuestión de triste actualidad.

Cuestión de triste actualidad, y, sin embargo, ninguna de esas tres noticias es estrictamente novedosa: nuestro país ha sido sancionado en numerosas ocasiones por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos por no investigar eficazmente este crimen; a su vez, las torturas cometidas por ejército y policía en Argentina y otros países americanos son bien conocidas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (cuestión aparte es el hecho de que los testimonios recogidos por la comisión coordinada por el escritor Ernesto Sábato en Nunca más, el informe sobre violaciones de derechos humanos de la dictadura argentina, constituye todavía hoy uno de los documentos más estremecedores sobre lo que Luigi Ferrajoli o Massimo La Torre han calificado en términos de «batalla contra la razón»); por último, y por lo que respecta a la situación global, el informe 2015-2016 de Amnistía Internacional calcula que son 122 los países en los que hoy se tortura. Más concretamente el informe de Human Rights Watch, «No more excuses: A Roadmap to Justice for CIA Torture» pone al descubierto, no sólo la brutalidad e ilegalidad del programa de la agencia norteamericana de inteligencia, sino la falta de interés de la justicia en pedir la más elemental rendición de cuentas.

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Mural en Bagdad

En general, para cualquier aproximación histórica o socio-jurídica a la tortura siguen siendo indispensables los trabajos de Tomás y Valiente, así como las obras de referencia de Mellor, Fiorelli, Langbein y Peters, entre otros. Es igualmente numerosa la atención académica a estas cuestiones al hilo de la red de torturas que siguió a la reacción de la primera administración del presidente de EEUU George Bush, a los atentados del 11 de septiembre, así que a lo que modestamente invitamos en Al revés y al derecho, es a considerar pertinente una mirada a la tortura a través de imágenes que podría complementar, en algún punto, la visión siempre inacabada de este hecho terrible. Un hecho, el de la tortura, al que toda persona, y en particular, todo jurista debería dedicar un tiempo de reflexión, aunque sólo sea porque derecho y tortura han sido cómplices demasiado tiempo, y la tentación (véanse a este respecto, las siniestras opiniones de juristas y políticos como Dershowitz, Baybee, González o Jon Yoo) de continuar con esa macabra relación, permite ver el futuro inmediato del derecho a no sufrir torturas (un derecho, recordémoslo, de carácter absoluto) con menos optimismo que el que tuvieron los ilustrados Jefferson y Voltaire, el primero diciendo aquello de que entre gente civilizada nunca más se quemarían libros, el segundo asegurando que jamás regresaría la tortura judicial.

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Enrique Martí, Getsemaní, 2008

¿Hay alguna novedad en torno a la tortura? Creo que sí y que tiene que ver con una suerte de normalización (de sofisticación de su institucionalización, por decirlo así) de la impunidad, paralela al abuso, tan cínico como peligroso, de los eufemismos del tipo «interrogatorio mejorado» o «presión física moderada». Es una novedad que afecta al ánimo con la que se oculta y lleva a cabo, a la retórica de la excepción y a la responsabilidad de los agentes. Todo ello es observable a través de imágenes. ¿Qué imágenes, pueden integrarse en la comprensión actual de esa lacra de la tortura (un «cáncer que crece» en expresión de Javier de Lucas, también en democracia)?

En primer lugar, habría que reconocer que la reproducción artística (mímesis) de la tortura no es en absoluto novedosa: en lo que toca a la ficción, el arte pronto obtuvo en la tortura un tema recurrente, básicamente a partir de recreaciones del martirio de Cristo, de los tormentos de santos y de la representación del infierno de acuerdo con la escatología católica. También hay tormento en pinturas de suplicios mitológicos y en la recreación de castigos feudales en China y Japón, la hay en las imágenes que invariablemente acompañan la historia occidental, ahora la Inquisición, ahora la quema de brujas, la cruzada, la guerra y sus crueldades, ahora la práctica judicial, ahora la esclavitud, la opresión colonial, los «descubrimientos», las «conquistas»: desmembramientos, flagelaciones, seres humanos desollados vivos, mutilaciones, cuerpos quemados entre alaridos, decapitaciones, amputaciones, violaciones, cuerpos hervidos en vida. En muchos de ellos el artista capta el dolor, pero sobre todo… la indiferencia, cuando no el regocijo del torturador y del espectador. La tortura es también un proceso y las cuatro etapas de la crueldad de William Hogarth (captación del «espíritu diabólico de la barbarie») son un ejemplo tan clásico como conocido.

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Hogarth, The reward of cruelty, 1751

Solo en el siglo XX la imagen de la tortura acompaña los trabajos (de muy distintas calidades e intenciones estéticas) del propio Picasso, de Lovis Corinth, de Max Ernst, Georg Grosz, Max Beckmann, Otto Dix, Aroldo Bonzagni, Bohumil Kubišta, Leon Golub, Nancy Spero, Pier-Paolo Pasolini

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Max Beckmann, Die Nacht, 1918

¿Hay pues algo sustancialmente distinto, una tendencia particular, en la representación de la tortura en el siglo XXI? En primer lugar, y por centrarnos sólo en las imágenes de la primera década, parece indispensable desentrañar los significados de las imágenes reales (fotografías, vídeos y otros documentos gráficos) de Guantánamo y Abu Ghraib en relación con hechos que las precedieron. Estas imágenes son importantes para comprender nuestro siglo, siglo de la imagen, pero lo son aún más, en un sentido político, porque el siglo XXI comenzó con una imagen en movimiento: el terrible derrumbe de las Torres Gemelas en la ciudad de Nueva York a la que siguió, como recuerdan entre otros Habermas, un hecho peor, la violación de la legalidad internacional. La imagen de ese derrumbe tuvo desde el principio algo de irreal y de golpe emocional, pero también desempeñó una función ligada al imaginario del orden: la imagen, tantas veces repetida, dejaba en suspenso, congelaba, la conmoción y su contracara, el estado de alarma y excepción.

La generalización, el ánimo de venganza, la necesidad de reafirmación del poder, la desproporción entre los fines y los medios, eran todos ellos asuntos que se habían asumido desde el principio, es por ello que las imágenes que llegaron inmediatamente después del 11/S, las fotografías de un centro de detenciones en Irak, provocaran reacciones de naturaleza contradictoria.

El escándalo conocido como el de Abu Ghraib empezó en enero de 2003 cuando el soldado Joseph Darby destapó numerosas fotografías de abusos sobre detenidos en esa prisión iraquí por parte de agentes de los EEUU. Las imágenes eran ofensivas desde cualquier consideración ética como jurídica, pero, sobre todo eran… grotescas. ¿Qué hacía esa joven con el pulgar levantado ante una pirámide de hombres desnudos apilados de forma obscena con signos de haber sufrido violencia sexual y otros tipos de llamativas vejaciones? ¿A qué vienen todas las fotografías de esos chicos desorientados, desnudos llenos hasta las cejas de orín y desechos fecales, con la cabeza cubierta, incapaces ya no de ver de dónde vienen los golpes o los ladridos de los perros, sino de percatarse de las sonrisas orgullosas de sus sádicos maltratadores? ¿Y ese hombre en forma de árbol de Navidad, sus testículos rodeados de cables eléctricos?

Uno de los textos que mejor responde a estas cuestiones es el del periodista norteamericano Marc Danner. Los abusos expresados en humillaciones físicas, morales y psicológicas, la mayor parte en relación con el sexo, no se explican sin la confluencia de muchos factores. La respuesta de Danner, es que se trata básicamente de la forma torpe, pero gráfica de cumplir órdenes ambiguas «de arriba abajo» a través de materiales simbólicos y culturales.

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Nancy Spero, Torture of Women

Sí, la idea central de Danner es que esas imágenes reflejan exactamente una voluntad. Traducen, con extraordinario éxito simbólico, una política sistemática: los soldados debían «aflojar» a los detenidos para posteriores interrogatorios. El medio más rápido era tratarles con tanto desprecio y dureza que temieran que cualquier cosa podía pasar allí, dicho de otra forma, se trataba de hacerles saber que no se les iba a respetar en ningún sentido. «Asegúrense de que pasen una mala noche». ¿Cómo hacerlo? Básicamente, invirtiendo el imaginario del trato debido. Los soldados norteamericanos conocían la teoría acerca las diferencias culturales y de las sensibilidades locales. A través de la inversión de ese mundo de valores e imágenes lograron un microcosmos de pesadilla.

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Grzegorz Klaman Fear and Trembling, 2007

Hay en esas imágenes regodeo, hay algo de orgullo de vengador. Lo expresaba bien García Amado (Torturas en el cine, 2005) cuando al hilo de otra tortura, la de la ficción, recuerda que O´Brien, personaje de 1984, es consciente de que no busca una confesión sino acabar con el sentimiento de sentirse hombre. La tortura es ineficaz como forma de esclarecer una verdad procesal pues en mayor o en menor medida, se aplica como venganza y no como recurso procesal, pues se sabe su nula fiabilidad. La tortura es un crimen y, además es una forma ineficaz de luchar contra el terrorismo. Sus efectos son perversos, en el peor de los casos, da siniestros argumentos a los terroristas.

Los soldados aprovecharon la orden para combinar dureza física y verbal con vejaciones sexuales, más o menos recurrentes de trasfondo cultural que llevaran a los detenidos a sufrir físicamente, pero sobre todo a padecer íntimamente un intenso sentimiento de vergüenza e inferioridad: violaciones anales con palos de escoba o tubos fluorescentes, masturbaciones forzosas, vejaciones con animales al ritmo de música rock; a la mayoría se le hacía degustar sus propias heces o se les orinaba encima. Que los detenidos iraquíes experimentaran un intenso sentimiento de vergüenza era algo buscado, de ahí, la predilección por las de mujeres entre las vejadoras, y de ahí las fotografías: la imagen perpetúa la humillación en el tiempo.

Nótese que algunos de esos detenidos fueron luego puestos en libertad porque como la mayoría de los que pasaron por esos centros, no habían cometido ningún delito.

En esta fotografía del canadiense Jonathan Hobin, una niña imita a la soldado Lynndie England.

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Jonathan Hobin, In the playroom, 2012

A pesar del escándalo de las imágenes casi nada cambió: Bush ganó un segundo mandato, la cuestión no ocupó el debate político y apenas se castigó a los culpables. ¿Y la gente?, ¿y la ciudadanía? ¿por qué no se produjo un clamor ciudadano en relación, por ejemplo, con los valores y los principios más elementales sobre los que, es necesario, recordarlo, se estaba produciendo toda esa ofensiva militar pero también política?

Escribió John Berger con ocasión de la publicación de Sobre la fotografía que todos los debates y análisis futuros sobre el papel de la fotografía en la mediática sociedad de la abundancia deberían partir de ese libro. De acuerdo con la autora, Susan Sontag, lo que determina la posibilidad de ser afectado moralmente por fotografías es la existencia de una conciencia políticamente relevante. Esto es, para la autora de Sobre la fotografía, «sin política, las fotografías del matadero de la historia simplemente se vivirán, con toda probabilidad como irreales o como golpes emocionales desmoralizadores». Sontag, se refería a las fotografías icónicas del siglo XX, el siglo breve según Hobsbawm: Auschwitz, Hiroshima, el Gulag. ¿Cómo afectarán, las nuestras, a una generación venidera? ¿Qué tipo de conciencia política desentrañará sus múltiples significados?

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De momento, el impacto de las imágenes de esa tortura sádica y grotesca es muy variado, va desde las esculturas que se golpean la cabeza contra el muro en la obra del escultor polaco Grzegor Klaman (Nowy Targ, 1959) o ya en nuestro país el desasosiego de Enrique Marty (Salamanca, 1969). En este último caso, y por citar solo una obra, «Getsemaní», representa con ironía ácida, tal como apuntaba recientemente la gestora cultural Maite Ibáñez, un episodio de la tortura cristiana desde una óptica actual con una imagen terrible que podemos identificar con cualquier prisionero de Siria o Guantánamo. El impacto de las imágenes de Abu Ghraib, generó pronto las conocidas series del artista colombiano, Botero o el arte callejero de Banksy, pero la disposición de los cuerpos humillados y torturados en una suerte de tableau vivant ha inspirado otras imágenes, Marta Sytniewski, el caricaturista brasileño Carlos Latuff, el estupendo artista valenciano Artur Heras.

El libro de Stephen F. Eisenman The Abu Ghraib Effect, da cuenta del fenómeno del impacto visual, los efectos de la imagen y el interesado en esta cuestión encontrará ahí, muchos referentes.

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Artur Heras, Deriva mediterrània, 2014-2016

La frivolidad y el sadismo grotesco en el que hemos hecho hincapié lo captaron perfectamente los británicos Jake y Dinos Chapman en su rectificación al Goya de Los desastres de la guerra o en Great Deeds against the Dead: imagen dantesca de un maniquí descoyuntado atado a un árbol.

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R. Crumb

En obras como la de abajo, un payaso de McDonalds participa en tumultuosas expresiones de guerras y tormentos.

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Dinos & Jake Chapman

Los desastres de la guerra es todavía una obra maestra, también en un sentido moral, pues Goya, el genio, tuvo el acierto de mostrar sin ambages el desengaño y la crudeza de la guerra, incluso cuando la abandera la razón. Por eso, lo peor de todo lo que rodea la tortura, pero también el imaginario de la guerra y el dolor, es que en ellos apenas ocurre, ni siquiera en las primeras décadas del siglo XXI, ninguna novedad.

Elecciones, pragmatismo y derechos en la era del menosprecio

Javier de Lucas

Será como con la muerte de Kennedy. Todos recordaremos nuestros detalles. Si me preguntan, no olvidaré que la noche en que el recuento de votos electorales, poco a poco, dio el triunfo a Trump, estaba en México, sin saber muy bien si me había dormido viendo la Tv o si la pesadilla era real.

Desde luego, no han faltado los sabelotodo que nos han aleccionado (a posteriori, claro) sobre lo más que previsible del resultado. Hay también quien nos regaña por no entender que la democracia es así –como la rosa: ¿mejor no tocarla?– y que debemos respetar la libre decisión de los ciudadanos de los EEUU que han votado, por muy estúpida que nos parezca. Son los mismos que, a mi juicio, confunden democracia, reglamentos electorales, verdad y justicia, que no es poco confundir. Y no faltan, claro, los avisados y descreídos (esos que presumen de que a ellos nunca les engañan, no como a los ciudadanos corrientes) que nos hacen ver que todo estaba jugado con antelación y se trata de una prueba más de que “el sistema” siempre gana. Nosotros creíamos que se enfrentaban una máxima exponente de la lógica y de los intereses de la élite del stablishment contra un demagogo multimillonario que jugaba a outsider. Y no, Trump es más sistema que la misma Hillary: ¡toma ya! A ver si aprendemos de una vez que no hay nada que hacer. Curiosa moraleja, por cierto, en boca de esos soi-dissants intelectuales progresistas que juegan a la sabiduría del cínico y nos aleccionan desde sus púlpitos. Sigue leyendo

Orden

Noelia Pena

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Se dice que las sociedades modernas eran verticales. La perfección de su modelo de vigilancia se plasmó en el plano arquitectónico de las prisiones conocido como panóptico, una construcción ideada por Jeremy Bentham, en el siglo XVIII, en forma circular alrededor de una torre central. El panóptico permitía el control de un grupo numeroso de presos sin apenas esfuerzo. El centinela podía encargarse, sin necesidad de moverse, de la vigilancia de las celdas, que eran visibles en su totalidad desde la torre, sin puntos ciegos o de sombra. De ese modo los presos no sabían, no podían saber, cuándo estaban siendo observados. Esta imposibilidad de verificación afectaba a la naturaleza de la condena. La perfección del dispositivo de vigilancia, la eficacia de su transparencia, era tal que podría seguir funcionando aunque el vigilante no se encontrara en su puesto de guardia en la torre –algo que, eventualmente, podía suceder. Sigue leyendo

Diez motivos para el cierre de los CIE (II)

Paco Solans

(Continúa el post de ayer: Diez motivos para el cierre de los CIE (I)

6.- Sesgo social.

Todas las reformas que se han implementado para que el internamiento en un CIE no fuera una norma general, sino para racionalizarla, han derivado en un indudable e innegable sesgo social. Si hablamos de no internar a quienes tienen arraigo en el país, debemos darnos cuenta que estamos consagrando el internamiento de quienes no tienen como atribuible ese concepto tan difuso. Dicho a lo bruto y para entendernos: se interna más a los pobres, por ser pobres, que a los que tengan algo de dinero (no hablaré de ricos, pues en el contexto de nuestras leyes, éstos tienen alfombra roja para entrar o salir o residir). Si de las cárceles de cualquier país civilizado se critica con mucha razón el que haya un alto índice de ocupación de un “extracto social bajo”, o sea, de pobres, no veo por qué no se deba criticar igual de los CIE y se asuma acríticamente ese sesgo.

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Otro aspecto de este mismo efecto aparece cuando se insiste en el carácter delincuencial de los que son internados, falsedad que no por repetirse más veces va a ser más cierta. Si a los que se interna son delincuentes ¿por qué no están en la cárcel, como los demás?. No será que estamos calificando de delincuentes a quienes nos parece, en la estela de la vieja y aciaga ley de vagos y maleantes. Basta rascar un poco y los supuestos antecedentes de todos sólo son de algunos, y no son penales sino esa entelequia antidemocrática llamada “antecedentes policiales”, y muchos de ellos son acusaciones sin fundamento sobreseídas… Sigue leyendo

Diez motivos para el cierre de los CIE (I)

Paco Solans

Cuando un debate se estanca, se anquilosa, y con pocas variaciones, como un oleaje perenne, se repite insistentemente cada cierto tiempo, denota la existencia de un problema estructural que probablemente no se está sabiendo afrontar por alguna o por todas las partes. La existencia de los CIE, por un lado quienes aducen su necesidad o conveniencia y adecuación a nuestro ordenamiento jurídico frente a quienes rechazan de plano su existencia misma, resulta uno de estos debates que desde 1985, fecha de entrada en vigor de la vieja Ley de Extranjería que los creó, sigue esas pautas.

Desde las primeras actuaciones al respecto por parte del Defensor del Pueblo, el primer informe que yo conozca elaborado por la sociedad civil data de más de 20 años, de 1994, y tuve el dudoso honor de haberlo elaborado con la colaboración de unos cuantos compañeros del Colegio de Abogados de Valencia. Tras él han venido muchos otros, y lamentablemente, la situación no ha variado en lo sustancial, evidenciándose sólo – y en honor a la verdad – una serie de parches y reformas, importantes pero a la postre anecdóticas, que sospecho no tenían otra intención que hacer soportable lo insoportable. La experiencia de todos estos años me ha hecho decantarme cada vez más por la opinión de que es un problema cuya única solución es radical, es decir, su cierre, pero entiendo que ante las muchas demagógicas opiniones vertidas estos días al respecto, y no pocas mentiras descaradas, conviene aclarar los términos y los motivos para tal postura. Expondré los mismos con una muy discutible y abierta gradación en importancia de menor a mayor: Sigue leyendo

La dictadura de la verdad… y la libertad de expresión

Joaquín Urías

Últimamente se ha puesto de moda entra la prensa “seria” española dedicarle artículos sesudos al tema de La Verdad. Lo más granado y tradicional de nuestro periodismo se rasga las vestiduras ante la falta de rigor de algunos medios en el contraste de sus noticias y la fe injustificada que despierta Internet.

Uno de los detonantes fueron las informaciones (erróneas) de que un jugador de la selección española de fútbol había cortado las mangas de su camiseta para (se decía) borrar cualquier rastro en ellas de unas banderitas rojigualdas. La anécdota ha servido para enarbolar a diestro y siniestro la enseña de la verdad. Así que parece que éste es un buen momento para recordar que esta feroz invocación de la verdad es sin duda el mayor enemigo de la libertad de expresión, seguido de cerca tan sólo por lo políticamente correcto.

Los derechos fundamentales nacen y sirven exclusivamente para proteger a la minoría frente a la mayoría. En términos jurídicos, desde hace siglos la mayoría se expresa a través de la ley. Y la mayoría, -y su ley- tiene siempre la tendencia de machacar a las minorías. Por eso nacen los derechos fundamentales. Frente a la ley. Constituyen ese reducto inalterable, necesario para ser persona, que ni siquiera la expresión de la voluntad mayoritaria puede eliminar. Sigue leyendo

Honduras: capitalismo vigente, derechos olvidados

Fernando Flores

Berta Cáceres, la líder indígena lenca, feminista y ambientalista, fue asesinada hace poco más de siete meses. Hace unos días, su sucesor en la COPINH (Consejo Popular e Indígena de Honduras), salió ileso del segundo atentado con arma de fuego en lo que va de año. A mediados de 2013, Tomás García, dirigente local de la misma organización, había sido abatido a tiros por el ejército durante una manifestación. Estos y otros terribles sucesos, así como su escasa repercusión entre el gran público, se explican por un contexto de especulación y control económico capitalista a gran escala, que entiende el respeto a los derechos humanos como una molestia fácilmente superable.

En junio de 2009 un golpe de Estado desbancó del gobierno constitucional de Honduras al presidente Zelaya. Los motivos de su caída fueron revelados llanamente por su sucesor: “Lo sacamos por su izquierdismo y corrupción. El fue presidente liberal como yo. Pero se hizo amigo de Daniel Ortega, Chávez, Correa y Evo Morales. Se fue a la izquierda, puso toda gente comunista, nos preocupó” (Micheletti en el diario Clarín, 30 de setiembre de 2009). Sigue leyendo

Cuatro reflexiones a propósito de Kigali y los HFCs

Teresa Ribera

Kigali ha sido testigo de un gran paso en la lucha contra el cambio climático. En la madrugada del sábado 15 de octubre se ha adoptado una enmienda al Protocolo de Montreal a la Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono. Reclamada desde hace años por grupos ecologistas y un buen número de países, en los últimos meses se ha convertida en una de las prioridades diplomáticas del fin del periodo Obama. Con su adopción se pretende la eliminación de determinados gases de “vida corta” –los HFCs– que, sin embargo, presentan una tendencia de uso al alza poco deseable. Esta decisión es considerada por muchos como la medida individual más relevante de todas las tomadas hasta la fecha en materia de cambio climático.

Técnicamente, la enmienda acordada incorpora el compromiso de los firmantes de prohibir y retirar de la circulación de forma gradual la familia de gases hidrofluorocarburos –HFCs–, refrigerantes de uso común en neveras y aires acondicionados y con un elevado potencial de calentamiento. Con ello se permite no sólo ayudar a la recuperación de la capa de ozono sino también a evitar la emisión a la atmósfera de alrededor de 70 mil millones de toneladas de CO2 equivalente entre 2020 y 2050. Una cantidad que equivale a las emisiones de 500 millones de vehículos y se equipara al incremento de medio grado centígrado en la temperatura media del Planeta. Sigue leyendo